Vivir en el “aquí y ahora” no es tarea fácil en un mundo que corre apresuradamente y en el que cada día hay más por hacer y menos tiempo libre.
Pero esto es sólo una creencia limitante, con organización y amor propio podemos darnos el tiempo y la vida que queremos, la sociedad nos ha empujado a vivir para trabajar y no al revés como debería ser.
Uno de los errores más comunes que cometemos es adelantarnos a los acontecimientos, lo cual nos genera incertidumbre y mucha ansiedad, si comprendiéramos que cada uno de nosotros tiene su propio tiempo de aprendizaje la sociedad se volvería en una sociedad mas comprensiva y pacífica, mucho mas tolerante y ello nos llevaría a aceptarnos y aceptar a los demás tal cual son, sin juzgamientos de por medio.
Una de las mejores maneras de crecer espiritualmente es decirle no al prejuicio, respetando las creencias, ideas e ideales de los demás, respetando así a todos y cada uno de los seres del mundo.
Las guerras mas poderosas y largas increíblemente son por diversas agrupaciones religiosas, es bastante contradictorio, pues en teoría sus ideales serían el amor y la comunión entre todos.
Otra forma de vivir una vida espiritual es comunicar cuando algo nos preocupa, pues en muchos casos nos guardamos las preocupaciones familiares, laborales, económicas y de todo tipo, la pregunta es: ¿Qué tiene de malo buscar consejo o ayuda y así salir de una preocupación que quizá no sea tan grande como yo la percibo?, soltar nuestras preocupaciones es parte de expresar aquello que nos molesta, y si me lo guardo empezará a hacer efectos en mi salud física, por tanto, habría que evaluar si vale la pena o no el quedarse callado.
El lado contrario son aquellas personas que se quejan por todo y viven molestos contra el mundo, juzgando todo aquello que les pasa por el frente, no me estoy refiriendo a este tipo de personas, pues esto no es sano en absoluto tampoco, son personas toxicas que contagian solo negatividad por donde vayan. Ni uno ni otro extremo es saludable, busquemos en punto medio y vivamos en paz con nosotros mismos, evaluándonos a diario, preguntándonos en que me equivoqué para no volver a repetirlo o que pude hacer mejor para seguir evolucionando.
(“Fragmento de mi Programa de Coaching Espiritual”)